martes, 28 de agosto de 2012

ARRIVEDERCI FORRA

Algo que sucede en Roma, es que, por el enorme caudal de visitantes, es posible pasar el día entero sola, pero en los lugares de hospedaje circula tanta gente, que hasta se puede elegir la compañía.
Por eso, la última noche reuní a dos chilenas y dos estadounidenses a quienes dirigí a un comedero de bajo presupuesto llamado Pastarito, en donde por 2.50 comí una bruschettas geniales con salmón y queso ahumado. El resto del grupo estaba feliz por la relación precio - calidad.

Frente a San Giovanni in Laterano, el modesto
Pastarito cumple. Sin pretensiones.
Había sido un buen día gastronómico. Durante el almuerzo en la Vía Cavour cambié mi opinión sobre la pizza, probando dos variedades deliciosas :

En la Via Cavour 279, amé la pizza
y el calzone italiano




Tres misas y decenas de kilómetros caminados más tarde, estaba abandonando la ciudad.
No había dudas de que todo era magnífico, pero algo en mi apuntaba al descontento sin motivos, y qué mejor que el desarreglo climático para darle un marco a esa fea actitud que me invadía.
Amaneció con lluvia torrencial, lo cual me puso en modo forra, pero no por eso iba a desaprovechar mis ultimas horas. Quejosa pero conciente, salí a buscar algunos puntos de interés que faltaban. 
Soñaba con ver “El rapto de Proserpina” de Bernini, así que, armada con el paraguas fui a la Villa Borghese. 
Bajo el agua crucé una parte del enorme parque durante un rato, solo para descubrir que el único modo de entrar a la galería es haciendo una reserva.
Rogué buscando una excepción. Agité el carnet que acredita que soy estudiante. Prometí hacer una visita breve. Nada.
Con enorme frustración, saqué una foto gris para verificar mi paso por ahí:


Mientras descendía, apurada porque quedaba poco tiempo, encontré a la loca de los gatos romana:

Crazy Cat Lady...

...con una equipadísima macchina


Corriendo, porque al mediodía tenia que tomar el tren a Florencia, fui hasta el Trastvere, por mas Bernini. Los requerimientos de Borghese no iban a frustrar mis últimos minutos en Roma. Crucé la ciudad, me bajé en la parada equivocada, pero llegué a San Francesco a Ripa, la iglesia más sencilla a la que entre en toda la ciudad:


Así de modesta, guarda una escultura
sublime:


La beata Ludovica Albertoni compensó
el agite matutino




Esa mañana agitaba las aguas turbias de mi humor. Esperé el colectivo durante un rato bien largo. Mirando el reloj, mis nervios casi me llevan a hacer algo ridículo e impensable para una turista como yo: tomar un taxi. Entré en razón y esperé junto al resto de la fila, que se alargaba considerablemente. Era como estar en casa.

Corrí a buscar mi equipaje, y sobre la hora llegue a subirme al tren regional (conocido como "la freccia" -la flecha-).

Miraba Roma por última vez con una sonrisa en el rostro. En primer lugar porque estaba camino a conocer otro de los puntos que, de tan ansiados se me figuraban inexistentes, y en segundo lugar, porque haber estado con el ceño fruncido no me quitaba la lucidez de reconocer que todo había sido inolvidable, soñado:






Castel Sant'Angelo

La cabeza de Constantino

En piazza Navona: esculturas...

...y música


Tráfico limitado

Y por supuesto, hubo algunas cosas que no podría dejar pasar:

Pie romano, cabeza china


Soldado bajando del Delorean

La Militia Christi golpea bajo

Tussaud style

Si estás es la lista, podes tomar asiento













      





                                                  















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