domingo, 19 de agosto de 2012

TIFOSI - PARTE I

Tifosi es el equivalente italiano a la palabra hinchada o barrabrava. Su origen está en el  término Tifo, que no es más que un enorme cuadro formado en cooperación por cada uno de los hinchas:


Questo è un tifo

No es tan necesaria la explicación ilustrada, pero la verdad es que la foto está muy bien.
De todos modos, no hablaré del calcio, sino de las manadas de gente con una conducta particular, a quienes comencé a definir con esta expresión.

No es una novedad que sociólogos y antropólogos hace tiempo analizan los comportamientos de los turistas, así como de las masas que asisten a museos y  vistan el patrimonio.
Discuten sobre la vacuidad en la mirada, cuestionan el nivel de interés de los grupos, debaten que sucede en función de los factores culturales, y muchas cosas más, para justificar la existencia de estas carreras en las universidades públicas.
Yo no puedo establecer un juicio de valor, mucho menos alegar ignorancia y afirmar que son espectadores trogloditas solo porque tengo conocimiento específico sobre arte.
Me sucede todo lo contrario.
Veo las filas para entrar a la iglesia católica más importante del mundo,  observo a la gente agolpada para ver frescos y me emociono. Los tifosi dell´arte forman amontonamientos en los puntos culturales más notables.

Aun cuando las multitudes me ponen nerviosa y siento que no puedo volverme contemplativa porque esta lleno de contingentes de chinos, algo en esa situación me fascina. Algo.
Creo que de todos los sitios donde podrían estar, eligen dedicar largas esperas para ver obras maravillosas, que determinaron una forma de ver el mundo.
Y claro, alguien puede decirme "¿Como podes ser indulgente cuando se portan como salvajes y pegan chicle en ‘La piedad’?”
Lo soy, porque estar en esos lugares me hizo sentir enajenada e incapaz de molestarme y al mismo tiempo me resulta noble que tantas personas inviertan tiempo y dinero en visitar estos espacios, aún cuando eso me pueda hacer sentir abrumada y me saque de el estado de ensoñación pleno.
De hecho, sentí todo ese recorrido tan mio, que fui a sonreír al patio con la bola giratoria de Arnaldo Pomodoro, porque no me importaba nada:

Con las perlas colgadas y el brushing impecable, pedí
ayuda y fui a posar al patio
 
Hace un tiempo un amigo me dijo “la gente hace mierda las obras de arte”, yo le pregunte si era porque las tocaban, y él, misterioso repitió “la gente las hace mierda…”
En las stanzas de Rafael, donde viví el efecto tifosi por primera vez, lo entendí: la diferencia de temperatura entre esas salas y el resto (con obras menos célebres) debía ser de, por lo menos, 8 grados. Eso es muchísimo, sobre todo cuando hablamos de frescos pintados en 1511.
Y ahí estaban todas nuestras humanidades, elevando los grados centígrados, invadiendo espacios sublimes.
El tifosi habla fuerte, golpea con los codos mientras se acomoda la audioguía en el oído, hace muchas señas, se queja en voz alta, saca fotos en lugares donde no debe, empuja para pasar porque quiere cumplir con el circuito, desobedece a los guardias de sala, y es principalmente poco educado (características necesarias para que un visitante alcance el status tifosi)


Como resultado de la Semana Santa, el Panteón
se volvió una  pasarela de humanidades variadas
Sería ridículo pretender un comportamiento de meditación y recogimiento frente a ciertas obras solo porque para un grupo determinado tiene un altísimo grado de importancia. 
¿Se podría pedir respeto y educación? Si, se podría, pero las muchedumbres son imparables. Eso se termina de comprobar en el ingreso a la Capilla Sixtina, donde la irreverencia se multiplica.
Si frente a los frescos de Rafael uno siente calor, incomodidad, y agradece la posibilidad de ver esas imágenes en libros o en Internet porque in situ la quietud es lejana, en la Capilla hay descontrol.
Los carteles (y la situación) piden silencio, decoro, buen comportamiento. Pero ahí dentro la gente empieza a subir la voz. El volumen aumenta y aumenta, hasta que los guardias gritan silencio. Las voces bajan, pero comienzan a elevarse más y más, hasta que vuelven a pedir silencio, y así, ad infinitum. Con las fotografías sucede lo mismo. Está terminantemente prohibido sacar la cámara. Pero allí están: algunos desvergonzados disparan impúdicos, otros camuflan sus máquinas y se hacen los tontos. Entonces hay mas gritos de esos pobres cristianos, cuyo trabajo es pasarse el día entero retando a los tifosi.

Capilla Sixtina tomada por los tifosi


Idem Fontana de Trevi
Eso es lo que sucede cuando no se está trabajando en un lugar más, sino en el sitio de arte mas visitado anualmente. Un promedio diario de 17.000 personas pasa por ahí. La importancia y el nivel de representatividad de ese sitio son asombrosos.  

Las personas ahí adentro se vuelven ingobernables. Si no los controlaran generarían avalanchas, entonarían cánticos, revolearían remeras, se dividirían conformando hinchadas donde la principal sería la de Michelangelo, pero estaría la de Perugino o Botticelli. Arengarían a los gritos y lanzarían consignas detractoras al bando contrario.



Cuando me senté a descansar y tratar de abstraerme, los veía y noté que si eliminaba el fondo, les daba una bengala y el paraguas de Caraza, eso podría haber sido un recital de La Renga:














2 comentarios:

  1. Bien el paralelismo con los tifosi! Creativa la doña!
    Mi sensación, al entrar a la Capilla Sixtina, fue la de estar viajando parada en el 60 un día de semana en hora pico.
    Sigo disfrutando del relato, cada vez más.

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