lunes, 13 de agosto de 2012

ATLÁNTIDA

Hace un tiempo comenté que para mi Europa era como la Atlántida: no podía dar fe de su existencia.
Me resultaba tan lejana, tan inalcanzable, tan hermosa en cada postal, que si no lo veía no lo creería.
Los niveles de idealización se dispararon locamente cuando empecé a estudiar historia del arte.
El viejo continente eran las imágenes de las diapositivas que se proyectaban en las paredes descascaradas de la facultad.
¿Donde estas, Europa? Me preguntaba yo, mirando una y otra vez los libros de los grandes museos, los apuntes de arquitectura, las fotografías de las ciudades.Una tarde de Octubre me di cuenta que era posible. En minutos hice un cálculo mental de rigurosidad muy dudosa y lo supe: yo también iría a, pero por nada del mundo quería decirlo. Ridículamente supersticiosa, estaba convencida de que si las palabras salían de mi boca todo se echaría a perder.
Como no entiendo de previsión puedo tener conocimiento de una fecha límite con muchísima anticipación, y sin embargo es indefectible: todo lo hago a último momento. Así llegue a las vísperas de mi viaje.  Aún cuando me iba sola por dos meses, salí del país con una escueta guía hecha en casa de las ciudades a las que iría. Además llevaba  una identificación de estudiante con mi fecha de nacimiento adulterada, mis locas expectativas, las fantasías  acumuladas a lo largo de años, y casi veinte kilos de valija.
Durante noches había pensado en las desgracias que podrían sucederme: perder el pasaporte, ser víctima de una estafa por la confusión idiomática, caer presa de la trata de mujeres como en la película de Liam Neeson.
“Taken”: de cómo una aventura por Europa se convierte en una carrera desesperada por salvar a una joven de la esclavitud sexual. Alentador.



Check in en Ezeiza para ir a Roma y empezar el viaje. Sentía miedo y una sensación de incertidumbre tan intensa que apenas me mantenía en pie, pero no había vuelta atrás.
Todo entusiasmo y emoción eran superados por un pánico extremo, que no fue aliviado ni siquiera por la presencia de la sensacional Valeria Archimó, con quien compartí vuelo.
Valeria Archimó: con mucha clase, 
se dirigía al viejo continente.

Todas las horas de avión, insoportables, te recuerdan que vivís muy al sur, y te lo confirma el empleado de migraciones en España.
Él me recibió con sus brazos abiertos, listo para decirme que no podía entrar a la comunidad porque no cumplía con el requisito de tener hechas todas las reservas para mis 60 días de estadía.
Fascinado el poder que le confiere la Secretaría General de Inmigración, y pese a que yo ni siquiera debía entrar a la península, me tuvo casi diez minutos a pura pregunta intimidante y observaciones fuera de lugar. Encantado con mi cara de sudamericana angustiada, miraba mis manos lentas por el jet lag, oía mis explicaciones con una mueca socarrona mientras yo le ofrecía mostrarle dinero y el seguro médico. No quería que yo comprobara solvencia, solo quería divertirse un rato.
No le molestaba que detrás de mí se formara una fila llena de rehenes de la burocracia aeroportuaria.
Superé su dedo sentencioso, sus sugerencias maliciosas, y después de un mal trago que pareció larguísimo, logré pasar para subirme al avión que me dejaría en Roma.
Mi deterioro y malestar eran a esa altura muy notables. Sin entender bien donde estaba, aún con los somníferos en sangre, y el reloj con horario de San Telmo, estaba en el último tramo. Cruzando el aeropuerto español en la madrugada europea, con el cuerpo roto, la cabeza estallando y la sensación de estar caminando en la nada, sin llegar a ninguna parte.
En Italia te reciben los perros en el aeropuerto, pero nada más. Ni preguntas, ni cuestionamientos, ni dedos indiscretos.
Viajé sin programar nada porque mi itinerario era flexible. No había pasajes comprados con anticipación, ni las reservas que me pedía el español. Si un lugar me aburría me iría antes, si otro me fascinaba me quedaría algunos días mas.
Lo único que sabía era que la compañía Terravision me llevaría a la estación central de Roma.
Piso por primera vez suelo europeo y no pasa nada. Son los alrededores de un aeropuerto.
El bus arranca y un joven me pregunta algo en italiano. Le explico que no parlo, que soy Argentina, y pregunto si habla ingles. Me dice que no, pero estoy en Italia, no en Serbia, de modo que empezamos una charla.
Yo que no soy previsora, que no tengo mapas, reservas y mi cronograma consiste en nombres de ciudades anotados en un cuaderno, llevo conmigo un instructivo para hablar italiano.
La idea de interactuar en ingles en un país con un idioma tan parecido al mio me dio vergüenza. Entonces imprimí un PDF muy práctico, que saqué para mantener una conversación durante una hora. 
Ahí estoy yo, revoleando y mezclando las hojas A4 en las que señalo con el dedo y repito lo que dicen: “Chincue” "Il mio nonno de Udine” “Abito Buenos Aires”. Los papeles se mezclan, molestan, y la noción de hablar un idioma de esa forma es en cierta medida ridícula. Pero la eficacia no es mi fuerte.

Y así traté de hablar italiano

Roma da la bienvenida con el calor del sol y con un estereotipo del encanto italiano.
Treinta segundos antes de bajar del avión en España, parada en las escaleras, vomité. Mi pelo estaba enmarañado y horrible porque mi secador de pelo se quemó en Buenos Aires. Tenía unas calzas, mi par de All Star y una remera con un oso rugiendo. La ropa arrugada, las ojeras marcadas como surcos hechos por un arado.
Eso tenía en frente Stanislao, un ragazzo de Palermo, con los dientes perfectos, una camisa entallada impecable y piel bronceada.
No hay segundas intenciones en su acercamiento. Es solo un adonis hablándole durante un rato a una piba que parece que la hubiese atropellado un colectivo de media distancia. Entonces me cuenta que es actor, que va a Roma a trabajar eventualmente, y me pregunta por la vida en Buenos Aires.
En mi primera hora en Italia, entre todos los compañeros de asiento que pueden tocarme, esta él. Relajado, cuenta que trabaja en cine y TV, pero que su medio de vida es en una vetrería. Me muestra fotos de los hermosos vitrales que hace. Estoy en un estado de ensoñación, con la noción tiempo y espacio desfasadas. No puedo entender nada con claridad, solo pienso para mis adentros "Dale tano!  ¿Que mas? ¿Vas a ponerte a cantar ópera? ¿Vas a pelear por una mujer mientras gritas en siciliano?"
La desgracia de ser como yo y que te hable alguien como él.

Mi referencia del mundo son las películas y la TV. Y siempre creí que el modo en que los italianos eran representados en la pantalla de Hollywood era un estereotipo. Sus hombres no pueden ser tan atractivos, sus mujeres tan narigonas ni puede ser un pueblo tan escandaloso. Pero Roma me muestra que su gente es así, y mucho mas.
Mareada por el sol que me pegaba en la cara, las horas de vuelo, y el encanto de Stanislao, que quedó dando vueltas en el aire, miro alrededor y me digo que no es para tanto.
Todo resulta familiar: las cadencias y los tonos del idioma, el aspecto de la gente, y la estación de subte destrozada y con sus cables colgando.
Para coronar la autóctona bienvenida, en en el andén de metro “Termini” hay una señora a los gritos. Me acerco a ver: está rodeada de gente y no para de aullar. Agita las manos y veo el infortunio en su rostro. Algo terrible le sucedió, y ella no escatima en movimientos ni decibeles para hacerlo notar.
Una vez más, las ficciones pochocleras tienen fuerza de verdad.

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