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sábado, 7 de septiembre de 2013

EL PRIMER MES

Me despedí definitivamente de Italia una tarde lluviosa, luego de perder un tren en las estación Rifredi de Florencia, y de soportar una demora de dos horas en el que abordé tres horas después. Debido a un pasajero desequilibrado, hubo que frenar en una estación cerca de Reggio Emilia  y esperar a una ambulancia. Entregada a los contratiempos que me siguieron desde que había decidido regresar, y sin ánimos de lamentarme por el atraso que en total fue de cinco horas, me hice amiga de mis compañeros de carroza, con quienes nos contuvimos en la espera, compartimos historias, y se ocuparon de que llegara a salvo a mi hostel, a medianoche. La Gente seguía ahí cuando la necesitaba.

Horas esperando en la carrozza
Fuente

martes, 2 de octubre de 2012

GOOD BYE PERÓN

Ya había pasado dos noches en Venecia, y eso había sido suficiente para mí.
La mañana me encontraba como siempre: haciendo todo a último momento.
Tenía que cruzar la primera frontera internacional, no había hecho averiguaciones y no sabía como partir. 
Andrea, el dueño del hostel, solo hablaba italiano, tenía una mala conexión a internet, y su pequeña computadora era casi imposible de usar.
Sin saber a ciencia cierta cómo llegar a Austria, fui a Santa Lucía Centrale para encontrar un modo de irme.
No había nada directo desde allí a algún sitio cercano a Viena, y me sentí desconcertada. Pero entonces llegó el recuerdo.
Los argentinos crecimos escuchando las duras historias de los inmigrantes europeos que llegaron al país: no solo las de nuestras propias familias, sino las de todas las personas que conocemos.


Algunos de los italianos que llegaron a
Argentina

lunes, 24 de septiembre de 2012

VENECIA (ES MEJOR) SIN TÍ

Venecia fue un agujero negro en mi camino.
Prácticamente no la conozco, no se como es.
Solo anduve en vaporetto y me enojé muchísimo. 


L'acqua
                       
Llegué a la ciudad de los canales bajo la misma cortina de lluvia con la que había salido de Firenze.
Desde el hall de la estación veía agua por todas partes, miraba desde la ventana del tren mi paraguas, que  había quedado dentro del vagón (una vez que salís no se pueden abrir las puertas para reingresar).
Ahí si que no tenía opción para llegar a destino: pedí asesoramiento en la oficina de turismo donde compré un mapa, un pase para andar en barco y recibí las indicaciones para llegar al hostel.
Intento ubicarme, pero al empezar a caminar descubro una de las particularidades venecianas: las calles no tienen nombre.




sábado, 1 de septiembre de 2012

FELICIDAD SE ESCRIBE CON "F" DE FIRENZE

Estaba esperando llegar a Florencia desde hacía por lo menos diez años.
De modo que las tres horas de traslado pasaron muy rápido.
Mi primer viaje en uno de los famosos trenes europeos no fue gran cosa porque compré un boleto de diecisiete euros para hacer el trayecto en un vagón muy modesto.
Mientras escuchaba las voces y veía a la gente, sentía la emoción, estimulada por años de expectativas. 
Desembarqué en un día frío, bajo un cielo gris y con la única indicación de tomar el bus 17.
Para llegar al hostel debía salir un poco del casco histórico, así que desde el vehículo me asomaba por la ventanilla, a ver si por las dudas veía el Duomo. Soy básica y quería ver su cúpula para entender que estaba ahí.


Has llegado, pequeña

La hospitalidad y calidez italiana se hizo sentir todo el tiempo: te ayudan en las calles, te dan charla, todos son muy amables, y cuando les decís que sos de Argentina, se ponen contentos y quieren abrazarte.
Nadie menciona a Maradona, Messi o Evita. No deben que hacerlo porque tienen muy claro donde queda el país, saben que acá todos tienen apellidos como “Chiesa” o “Ziglietti”, y que somos iguales a ellos. En esa clave de entendimiento casi fraternal, dos señoras amorosas  me hicieron llegar sin problemas al lugar:


Mi primer hogar fiorentino