Estaba esperando llegar a Florencia desde hacía por lo menos diez años.
De modo que las tres horas de traslado pasaron muy rápido.
Mi primer viaje en uno de los famosos trenes europeos no fue gran cosa porque compré un boleto de diecisiete euros para hacer el trayecto en un vagón muy modesto.
Mientras escuchaba las voces y veía a la gente, sentía la emoción, estimulada por años de expectativas.
Desembarqué en un día frío, bajo un cielo gris y con la única indicación de tomar el bus 17.
Para llegar al hostel debía salir un poco del casco histórico, así que desde el vehículo me asomaba por la ventanilla, a ver si por las dudas veía el Duomo. Soy básica y quería ver su cúpula para entender que estaba ahí.
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| Has llegado, pequeña |
La hospitalidad y calidez italiana se hizo sentir todo el tiempo: te ayudan en las calles, te dan charla, todos son muy amables, y cuando les decís que sos de Argentina, se ponen contentos y quieren abrazarte.
Nadie menciona a Maradona, Messi o Evita. No deben que hacerlo porque tienen muy claro donde queda el país, saben que acá todos tienen apellidos como “Chiesa” o “Ziglietti”, y que somos iguales a ellos. En esa clave de entendimiento casi fraternal, dos señoras amorosas me hicieron llegar sin problemas al lugar:
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| Mi primer hogar fiorentino |