domingo, 10 de noviembre de 2013

NO LLORES, NENA

Hace algunos años me mudé a Buenos Aires, pero gran parte de mis amigos y mis lugares de siempre quedaron a cincuenta kilómetros, en la ciudad de La Plata. No es lejos, pero tampoco puedo estar ahí cada vez que quiero.
Desde entonces, elaboro teorías de baja calidad sobre la soledad, lo sobrevaluado de las actividades grupales y  los puntos fuertes de mantenerse un poco aislado.
Por supuesto que el viaje me dio mucho mas material para seguir enunciando hipótesis de validez muy cuestionable sobre el espíritu humano. 
Viajar sin compañía es mas que no tener a nadie con quien pasear: implica estar con uno mismo -obviamente- y la vida emocional también sale de excursión. Es una gran manera de conocerse, pero también de hartarse del yo.


La distancia entre mis dos lugares

Era otra mañana en Berlín. Extrañamente, no compartí con nadie mi habitación para seis personas con baño privado, y eso me permitía relajarme un poco más. Cuando salí de la ducha, me miré al espejo y empecé a llorar. No había sucedido nada particular. De repente sentí una angustia profunda, y no encontrarle un motivo me dolía aún más.
Ya venía sintiendo el ánimo decaído, pero ese día me quebré, y sentí culpa por "darme el lujo" de estar tan triste en un lugar tan increíble.


Un elocuente guiño del camión
de café en la calle Postdamer

Me sentía muy abrumada, pero no me permití cambiar la rutina. Soy clase media y vivo en el sur del mundo. Hay oportunidades que no se presentan a menudo. Algunas distancias son demasiado grandes, y no había chance de pasar un día descansando o dormir una siesta.


Buscando consuelo en los dulces: clásico

La certeza de que costó mucho llegar ahí, y que regresar es casi utópico, hace que parar no sea una opción. Por eso me sequé las lagrimas y salí a la calle, a buscar el desayuno (la enorme pieza de pastelería de la foto de arriba) y salvar el día. 
Un poco mas tarde, la respuesta a esto me la dio alguien que se convirtió en mi amigo, y me explicó que a quienes viajan solos mas de dos o tres semanas, en algún momento caen en una bache de angustia. 


Le jirafa de Legoland me ayudó a sonreír

Según él, es una situación inevitable para mucha gente, porque se conjuga lo emocional con el agotamiento físico y lo mas normal es llegar a ese punto. Y lo cierto es que tiene sentido, aunque en el momento estaba abatida, pensando en que habían vueltos los días difíciles, en lugar de verlo como algo pasajero.


Y no pude evitar seguir desde lejos el juego
 de una hermosa nena

Empecé a sobrellevar la melancolía del momento capturando algunas imágenes llenas de ternura e ingenuidad en Postdamerplatz, y otras un tanto mas desconcertantes:


¿Bikini? Deben usarla en otras ciudades

Me perdí nuevamente en las porquerías usadas, comprando ropa por kilo en la tienda Kleidermarkt (si: por kilo), para seguir haciendo mis regalos tan "especiales".


Mas shopping de segunda mano en Kleidermarkt

Entré a uno de los sitios okupa mas famosos, la galería Tacheles: un enorme galpón al que un grupo de artistas convirtió en centro de autogestión cultural en 1990, y de a poco se convirtió en un punto más de visita para quienes llegan a la ciudad. 


Tacheles por fuera

Cada vez mas alejada de su nacimiento underground y contracultural, dentro de ella hay muchos puestos en donde los artistas venden y cualquiera puede entrar (aunque no se permite fotografiar a quienes trabajan allí).


Y por dentro, en uno de sus pasillos
con murales

Berlín es inagotable, y ese fue un motivo importante para no bajar el ritmo. Como decía el cartel de café, podría dormir cuando estuviera muerta. Pero mis ojos seguían abiertos a todo lo nuevo que me encontraba, el corazón seguía latiendo y yo no estaba sola: Monica quería mostrarme mas cosas, y por la tarde, íbamos a encontrarnos en el este de la ciudad.


Esperando en Warschauer Strasse

El plan al caer la tarde, era ir a ver unas bandas a una casa okupa  - o squatt house-. Mucho menos conocida que Tacheles, aunque funciona bajo un principio similar: artistas ocupando una vivienda que se convierte en centro cultural y artístico. Hacia ahí fuimos, a ver gente, escuchar música en vivo y conversar un poco mas. Comimos un gran plato de comida por €1.50 y recostada en un sillón conocí una (pequeña) parte mas de lo que se puede encontrar entre las calles berlinesas.


La casa squatt, tomada, pero no abandonada


Todo se daba según el ritmo de los gustos de Monica, que en parte eran los míos. Además le ponía dedicación y cariño a los planes que organizaba, y eso me reconfortaba mucho.
Cuando terminó todo, nos metimos en unos grandes galpones abandonados, llenos de garffitis, para ver mas del espíritu punk de la ciudad.
El eco de las palabras se sentía por todas partes, y ahí mi compañera me dijo que iba a acomodar sus planes del día siguiente para que nos encontráramos otra vez: prefería reordenar su jornada antes que yo me fuera de su amada Berlín sintiéndome desanimada.











6 comentarios:

  1. Que tema el bajon viajeril! Me paso y estuve exactamente como vos. No lo pude identificar como tal, y la sensacion de estar perdiendote algo por la angustia no esta bueno. Pero al menos si uno lo sabe, lo aceptas y dejas pasar. Que lindas imágenes de Berlín!!! Muy buenos compañeros encontraste. Besossss

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Juli! Yo enseguida encontré la respuesta al por qué de la melancolía, y siguen apareciendo personas que me cuentan que le pasó lo mismo. Deberían advertir sobre esto en la Lonely Planet, o alguna de esas guías. Tal vez no evita el malestar, pero al menos uno no se sentiría tan extraño.
      Beso!

      Eliminar
  2. Muy bueno el blog, te dejo el mio

    http://cordurainsana.blogspot.com.ar/

    Nos leemos, saludos.

    ResponderEliminar
  3. Te olvidaste de mencionar que existe una vía alternativa para ir y venir de La Plata, el Camino Gral. Belgrano, con vistas muy variadas y la invalorable ausencia de peajes.
    Lo que comentas que te paso esa mañana abona mi teoría (robada) de que somos felices por naturaleza pero el "ser social" nos obliga a replantearnos todo el tiempo el porque y justificarlo, dejándonos como resultado la incertidumbre. Y si estamos solos, peor aún, porque "pensamos" más sin necesariamente hacerlo. Todo esto no quita el derecho de sentirnos mal, sobretodo si estamos con un océano de por medio.También tengo que reconocer que todo esto es muy lindo así explicado, pero vivirlo es otra cosa y en esos momentos no hay nada como un abrazo, por más que sea de un extraño.

    Un beso.

    PD: Ropa por kilo = primeras señales del apocalipsis.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Oh si! El camino Gral. Belgrano y sus espacios recreativos, que pintoresco.
      Soy de esas personas a las que les cuesta frenar la mente, y es como decís: la soledad profundiza los replanteos y la catarata de pensamientos, pero tuve la fortuna de tener a alguien cerca.

      Y cuando uno empieza a comprar cosas "al peso" tiene que detenerse a repensar algunas cosas. Creo que no pude.

      Eliminar